Rompiendo el estigma detrás de la salud mental

Todos podríamos entender un poco mejor

By Emma Garber, Xenia Ariñez, and Adriana Rozas

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No es ningún secreto que la salud mental a menudo cae en segundo lugar detrás de la salud física en términos de tratamiento y reconocimiento. Cuando te rompes un hueso te enfermas físicamente te toman en serio; te entregan tarjetas de simpatía y un sentido de entendimiento empático. Sin embargo, aquellos que enfrentan diagnósticos de salud mental no les toca el mismo tratamiento.

Puede que el estigma alrededor de la salud mental ya no sea una sorpresa, pero de todas formas es decepcionante. Aunque esta idea es visible en todos lados, es prevalente más que nada en campuses universitarios. En la Universidad de Massachusetts, cuando te da la “plaga” o te tuerces el tobillo en el gimnasio, la gente sabe como responder. Los amigos te prestan su Dayquil o recomiendan fisioterapia y, si todo lo demás falla, siempre puedes hacer un viaje a los Servicios de Salud de la Universidad. Pero cuando tu pelea es interna, lo mismo no resulta verdad.

Aunque la comida sea una parte divertida y social de la vida cotidiana de la universidad para muchos, muchas veces nos olvidamos de que mucha gente combate batallas internas con sus hábitos alimenticios. Esta batalla puede ser amplificada en UMass donde nuestro estatus principal del servicio de comida número uno de América ha llevado a una cultura dictada por la comida, visible en cada esquina del campus. Carteles de UMass Dining plagan las paredes del estadio de fútbol y casi cada edificio académico contiene algún tipo de café. La basura y los botes de reciclaje rebosan de vasos de café vacíos y contenedores desechables, todos sirviendo como recordatorios de comida donde sea que uno vaya. Para muchos, estos ejemplos son solo una parte normal de la rutina, de la que probablemente nadie piensa dos veces y ni hace que nadie pierda sueño. Para algunos, la conversación constante alrededor de la comida puede ser una pesadilla habitual—una batalla diaria contra la que se enfrentan. Es más probable que los adultos jóvenes desarrollen desórdenes alimenticios en sus años universitarios, con 10 al 20 por ciento de mujeres y cuatro al 10 por ciento de hombres en la universidad sufriendo de un desorden alimenticio. Para aquellos sufriendo de un desorden alimenticio, simplemente entrar a un comedor puede ser una tarea intimidante. Las pequeñas barras verdes y los conteos de calorías al lado de cada artículo siendo servido puede ser un trigger automático, y la naturaleza social de comer puede llevar a situaciones bochornozas y llenas de presión. Aunque este énfasis en la comida no necesariamente debería desaparecer del todo, actualmente nos faltan los sentimientos simpatéticos hacia la noción de que algunos de nosotros podríamos estar batallando con la comida.

Esta falta de simpatía es sentida de manera similar hacia estudiantes que sufren de ansiedad y depresión. Más temprano este año, columnistas del Massachusetts Daily Collegian comentaron de la presión colegial de tener una vida perfecta llena de diversión. La presión de mantener esta fachada, todo mientras equilibrando las presiones académicas, puede llevar sentimientos extremos de estrés, soledad, y batallas con la salud mental de uno. Las tasas de ansiedad y la depresión están aumentando rápidamente, con cerca del 40 porciento de los estudiantes universitarios reportando niveles de depresión que dificultan funcionar y 61 porciento reportando “ansiedad abrumadora” en la primavera de 2017, en una encuesta con el American College Health Association. Aunque estas condiciones sean comunes, esto no le quita severidad a cada batalla. Muchos que sufren ya sea de depresión o ansiedad reportan sentirse aislados o solos en un campus tan grande como este. Tomarse tiempo libre, ya sea por un periodo largo o corto de tiempo, puede ser esencial para enfocarse en la salud mental. Pero, cuando hablé con un estudiante que decidió tomarse el semestre para enfocarse en su ansiedad, me contó cuán incómoda era explicar esto a los demás. Desafortunadamente, el estigma rodeando el tiempo libre de los estudios puede agregar al aislamiento que uno siente, dado que incluso tomarse un “día de salud mental” puede ser confundido con flojera.

Es desconcertante que a pesar del número de estudiantes que sufren de enfermedades de salud mental, muchos todavía se sienten aislados u olvidados. Además de todo esto, UMass falla continuamente en proveer recursos de asesoramiento a sus estudiantes. El Center for Counseling and Psychological Health de la universidad la ha puesto demasiado difícil a los estudiantes para que puedan ver a un consejeros, con algunos pacientes incluso esperando semanas antes de que sus necesidades puedan ser satisfechas. Como resultado, los que pelean con su salud mental se quedan malentendidos, aislados de sus compañeros y sin la guía de un proveedor de salud mental que podría ayudar con su recuperación. Como comunidad, podemos esforzarnos por disminuir el estigma y la carga que las personas luchando con su salud mental sienten. Podemos reconocer que la universidad puede venir con un conjunto único de dificultades para muchos, ya sea el estrés de los comedores o la vida diaria. Podemos enfrentar sus batallas con simpatía, remplazando preguntas intrusivas con oídos que escuchan. Podemos, y debemos crear una comunidad que haga que todos se sientan en casa.

Emma Garber es columnista del Collegian y puede ser contactada a través de su correo electrónico [email protected].

Xenia Ariñez es una traductora de español y puede ser contactada a través de su correo electrónico [email protected].

Adriana Rozas es la editora de Español y puede ser contactada a través de su correo electrónico [email protected]